Mariama

Mariama se sienta detrás de la pequeña mesa que le sirve de oficina en su negocio. La mesa está llena de memorias: souvenirs, papeles cortados a mano con informaciones importantes subrayadas en rojo y algunas fotos. Sobre ella descansa también un teléfono inalámbrico desgastado por el uso. En el verano, la puerta del local se mantiene abierta y deja correr un poco de aire que baja desde la Plaza de la Catedral de San Lorenzo de Lugano e inunda el interior del negocio suavizando las energías poderosas de todos los objetos que atesora. El puntal es alto, como el de casi todas las viviendas de la zona antigua de la ciudad y con las luces amarillentas situadas detrás de balaustres de madera pareciera más un museo y menos una tienda.

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Sonriente, Mariama se levanta siempre que llega alguien y le invita a pasar. Cada día recibe a varios turistas, de esos que arriban por tren o autobús a la estación central y deciden descender caminando la Via Cattedrale hasta el centro, en lugar de usar el moderno teleférico. Esos curiosos caminantes, quizás atraídos por los tonos rojos, amarillos o por el exotismo de las telas, diseños o por las antigüedades, juntos a los expertos y coleccionistas dan vida desde hace más de una década a su negocio de venta de artesanía y arte antiguo africano. Puedes encontrar desde un brazalete de cuentas de vidrio reciclado fabricado por el pueblo Krobo de Ghana hasta estatuas de bronce del pueblo Dogon de Mali. Hay, incluso, figuras de Changó, el Dios orisha de la justicia, los truenos y el fuego.

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El atelier es como una segunda casa para Mariama. Pasa la mayor parte de su día entre las paredes de este antiguo edificio de aire mediterráneo que se ha convertido en el pedacito de patria que pudo hacerse en suelo europeo. A veces, entre cliente y cliente, recibe a algún vecino o amigo que la invita a tomar un café, otras, sólo observa a los transeúntes ensimismada en sus propios pensamientos. 

Mariama tiene su propio ritmo, su propia cadencia para hablar, gesticular para moverse entre las estanterías repletas de collares, pulseras, estatuas, bolsos y ornamentos domésticos. Si la escuchas unos minutos te envuelve en ese tempo que imagino le viene de su tierra. “La vida en África es otra cosa. Es más tranquila.” Y se nota la nostalgia por esa forma de vivir sin premuras, de vivir el ahora, donde cada uno marca su propio ritmo, que sería como acompañar el tempo de la naturaleza y no el de la rutina de los hombres. Mariama es también amable y atenta, sin caer en exageraciones, podría decirse que lo justo para este tipo de negocio.

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No son sólo los objetos, no es ni siquiera ella o quizás lo es todo a la vez, pero estar allí dentro de este espacio atelier es viajar millas y milenios. Hay energía fuerte y puede sentirse, como puedes sentir la historia de esos pueblos milenarios a través de cada pieza, de cada trazo marcado en cuero, en acero o en piedra. Ella conoce de donde viene cada objeto, recuerda a quién los compró, quién los fabricó. Algunos fueron elaborados por encargo a artesanos de Ghana, Niger u otro país, otros, llegaron a sus manos en alguno de los muchos viajes que a su África natal. La artesanía, como en casi todo el mundo, corre el riesgo de perecer, me cuenta. “Es una verdadera lástima que hoy las personas prefieran comprar todo de las cosas que producen los chinos en lugar de comprar una pieza original producida por las manos de los artesanos.” Y sí, es una pena.

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Siendo aún muy joven Mariama se enamoró de un chico europeo y cruzó con él, en un vuelo que le parecía eterno la enorme distancia desde Níger hasta Suiza. Por aquella época pensaba, que compartirían su vida entre ambos continentes, pero finalmente fue en la cálida ciudad de Lugano donde construyeron su familia. A decir verdad, confiesa Mariama, nunca pensó que echaría raíces también fuera de su natal Niamey pero la vida da estas sorpresas. Sin embargo luego de varias décadas en Europa, los planes para el futuro contemplan regresar al Níger, sino definitivamente, por lo menos durante más meses en el año. Y, detrás de su pequeña mesa de trabajo, Mariama sonríe imaginando ese momento.

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